El filósofo Byung-Chul Han: el coronavirus no vencerá al capitalismo

Byung-Chul Han habla sobre el coronavirus

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han habla sobre el coronavirus, y es que, sin duda, es uno de los filósofos más famosos y respetados en la actualidad. Es un destacado diseccionador de la sociedad del hiperconsumismo y no ha dejado pasar la oportunidad de hablar sobre la pandemia del coronavirus y sus efectos en la vida de las personas. 

El coronavirus está poniendo a prueba nuestro sistema, este es un hecho innegable y es imposible no entrar en el debate sobre si el capitalismo saldrá ileso o no de esta situación. En Alemania, por su parte,tras un corto período de tiempo ha superado ya los 16,000 casos y España los 20,000. Corea del Sur ha superado la peor fase y ha sido de los países que mejor ha sabido combatir el brote. China, país en dónde se originó el brote, la tiene bastante controlada, aún cuando se han registrado nuevos casos. 

Y aunque en Corea del Sur ni en Taiwán se ha decretado una cuarentena obligatoria, si se han cerrado restaurantes y tiendas y ha comenzado un éxodo de asíaticos que salen de Europa, región con el mayor brote de coronavirus en el mundo. 

Byung-Chul Han habla sobre el coronavirus

Byung-Chul Han habla sobre el coronavirus.

Europa reacciona tarde y se cierran fronteras 

La expresión desesperada de los países europeos ha sido el cierre de fronteras. Europa ha vuelto a la época de la soberanía. Sí, el soberano decide sobre el estado de excepción y es soberano quién cierra las fronteras. 

Pero, ¿sirve de algo el cierre de fronteras? sería de muchas más ayuda cooperar intensamente dentro de la eurozona que simplemente cerrar fronteras desesperadamente. Europa es precisamente a dónde nadie quiere ir. Incluso, sería más sensato decretar la prohibición de salidas de europeos, para proteger al resto del mundo.

Asia trabaja con datos y mascarillas

Los países asiáticos son los que mejor han gestionado la crisis y en su visión, Han destaca algunos elementos sobre la superioridad de respuesta de los gobiernos asiáticos, en comparación con los gobiernos europeos, que se explica en el uso del big data, es decir, al enorme cúmulo de datos e información que proviene en gran parte del uso de los smartphones, las tarjetas de crédito e internet, lo cuál ha permitido el rastreo de los movimientos de las personas contagiadas con el COVID-19 o que podrían estar en riesgo de contagio. 

Pero esto se produce como producto de la mentalidad autoridad de los gobiernos asiáticos, que viene de su tradición cultural (confucianismo). Las individuos de esta región del mundo son menor renuentes y más obedientes que en Europa. Otro factor, es que confían más en la figura de El Estado. Y es que no solo ocurre en China. En Corea de Sur y en Japón la vida cotidiana tiene una organización más estricta que en Europa. 

Para enfrentarse al virus, los asiáticos apuestan intensamente por la vigilancia digital. Consideran que en el big data podría haber un potencial enorme para defenderse de la pandemia. 

Se podría decir que en Asia los virólogos y epidemiólogos no son los únicos que combaten las epidemias. Los informáticos y especialistas en macrodatos son de los profesionales más importantes en este momento. Este es un cambio de paradigma del que Europa aún parece no enterarse. 

Para los asiáticos, el big data salva vidas. 

Según el filósofo, esta estrategia autoritaria, sería impensable en los países europeos, pues las ideas de “privacidad”, “intimidad” e “individualidad”, se combinan creando una gran resistencia social al uso de datos personales. 

Al parecer el big data resulta más eficaz para combatir el virus que los absurdos cierres de fronteras que en estos momentos se están efectuando en Europa.

Pero una diferencia resaltante entre Asia y Europa, son las mascarillas protectoras. En Corea del Sur, no existe prácticamente nadie que vaya sin mascarillas respiratorias especiales capaces de filtrar el aire del virus. 

No son las mascarillas quirúrgicas habituales. Son mascarillas protectoras especiales con filtros, que también son usadas por los médicos que tratan a los infectados. Las mascarillas fueron un tema prioritario en Corea del Sur. Los políticos fueron valorado en función de la rapidéz con la que suministraban mascarillas a la población. Incluso, hay una aplicación que informa en qué farmacia cercana se puede conseguir mascarillas. Este producto ha sido esencial para combatir la pandemia en el país asiático, según el criterio de Han. 

Preguntas existenciales

Byung-Chul Han habla sobre el coronavirus.

Finalmente, Han intenta dar respuesta a la que sin duda es una pregunta que muchísimas personas tienen ahora en mente: ¿por qué si el virus no es tan letal (su tasa de mortalidad continúa alrededor del 4%, esto es, cerca de 4 personas fallecidas por cada 100 infectados), por qué entonces la respuesta del mundo ha sido tan desmedida, en especial la respuesta simbólica: la respuesta emocional colectiva, la de los mercados financieros, la de los discursos políticos, etc.? 

En términos generales puede decirse que se ha creado un ambiente general de pánico excesivo que no parece corresponderse del todo con las cifras absolutas del daño provocado por el coronavirus. “Ni siquiera la “gripe española”, que fue mucho más letal, tuvo efectos tan devastadores sobre la economía”, dice Han. ¿Por qué?

A decir del filósofo, esta reacción puede comenzar explicarse con la hipótesis de que “hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos”, una idea quizá un tanto arriesgada o que podría percibirse como alejada del problema pero que, en el sistema de pensamiento del filósofo, guarda coherencia con varias de sus exposiciones previas. Escribe Han:

En realidad hemos estado viviendo durante mucho tiempo sin enemigos. La guerra fría terminó hace mucho. Últimamente incluso el terrorismo islámico parecía haberse desplazado a zonas lejanas.

Hace exactamente diez años sostuve en mi ensayo La sociedad del cansancio la tesis de que vivimos en una época en la que ha perdido su vigencia el paradigma inmunológico, que se basa en la negatividad del enemigo.

Como en los tiempos de la guerra fría, la sociedad organizada inmunológicamente se caracteriza por vivir rodeada de fronteras y de vallas, que impiden la circulación acelerada de mercancías y de capital.

La globalización suprime todos estos umbrales inmunitarios para dar vía libre al capital. Incluso la promiscuidad y la permisividad generalizadas, que hoy se propagan por todos los ámbitos vitales, eliminan la negatividad del desconocido o del enemigo.

Los peligros no acechan hoy desde la negatividad del enemigo, sino desde el exceso de positividad, que se expresa como exceso de rendimiento, exceso de producción y exceso de comunicación. La negatividad del enemigo no tiene cabida en nuestra sociedad ilimitadamente permisiva.

La represión a cargo de otros deja paso a la depresión, la explotación por otros deja paso a la autoexplotación voluntaria y a la autooptimización. En la sociedad del rendimiento uno guerrea sobre todo contra sí mismo.

Y continúa:

Pues bien, en medio de esta sociedad tan debilitada inmunológicamente a causa del capitalismo global irrumpe de pronto el virus.

Llenos de pánico, volvemos a erigir umbrales inmunológicos y a cerrar fronteras. El enemigo ha vuelto. Ya no guerreamos contra nosotros mismos, sino contra el enemigo invisible que viene de fuera.

El pánico desmedido en vista del virus es una reacción inmunitaria social, e incluso global, al nuevo enemigo. La reacción inmunitaria es tan violenta porque hemos vivido durante mucho tiempo en una sociedad sin enemigos, en una sociedad de la positividad, y ahora el virus se percibe como un terror permanente.

Hasta este punto, la perspectiva de Han se asienta, como vemos, en su idea de la “positividad”: dado que las sociedades contemporáneas han tendido (voluntaria e involuntariamente) a expulsar todo indicio de negatividad, de diferencia y de otredad (en aras de conservar únicamente lo funcional, lo útil, lo eficaz, etc., lo cual en última instancia deriva en “lo mismo”), ahora que se presenta un elemento que justamente reúne todas esas características: es ajeno, es imprevisible, es nuevo (y, por lo tanto, diferente), es nocivo…

En fin, es la negatividad condensada en un sólo agente. No resulta extraño entonces que, desde la hipótesis de Han, en sociedades como las actuales, tan acostumbradas a únicamente dar cabida a lo “positivo”, la irrupción de este nodo de negatividad sea recibido con reacciones tan excesivas en el orden simbólico.

A esta idea Han añade otro elemento que es igualmente interesante y necesario para pensar la situación contemporánea, no sólo al respecto de la epidemia sino a la forma en que habitamos la realidad; dice el filósofo:

Pero hay otro motivo para el tremendo pánico. De nuevo tiene que ver con la digitalización. La digitalización elimina la realidad. La realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece, y que también puede resultar dolorosa.

La digitalización, toda la cultura del “me gusta”, suprime la negatividad de la resistencia.

Y en la época posfáctica de las fake news y los deepfakes surge una apatía hacia la realidad. Así pues, aquí es un virus real, y no un virus de ordenador, el que causa una conmoción.

La realidad, la resistencia, vuelve a hacerse notar en forma de un virus enemigo. La violenta y exagerada reacción de pánico al virus se explica en función de esta conmoción por la realidad.

En la tendencia hacia la positividad hemos creado un recelo hacia todo lo que implique contradicción, conflicto, desencuentro, siendo que, como sugiere Han entre líneas, estos y otros son estados propios de nuestra relación con la realidad.

El filósofo lo resume con maestría: “la realidad se experimenta gracias a la resistencia que ofrece”. Dicho con otras palabras, no hay ni experiencia ni conocimiento de la realidad si no aceptamos que, por definición, ésta se nos resiste.

Paradójicamente, en nuestra resistencia a esa resistencia, es decir, en nuestra reticencia a aceptar que para experimentar y conocer la realidad tenemos que lidiar con las contradicciones propias de ésta, con sus conflictos y los desencuentros que emanan de ella.

De otro modo, nos estamos negando a experimentar lo que vivimos, creándonos una barrera de falsedad en la percepción que se interpone entre la realidad y nuestra experiencia de ésta.

¿Necesitamos, entonces, de un enemigo? Expresada así, la idea suena quizá un tanto radical. Pero es claro, si seguimos la argumentación de Han, que el mundo necesita de la negatividad (en todas sus expresiones) para despertar del letargo en el que ha vivido al menos desde el fin de la Guerra Fría.

Las inercias derivadas del capitalismo en las que viven ahora las sociedades de prácticamente todo el mundo –la ganancia económica como objetivo señero de toda acción, el individualismo, el racionalismo aplicado a ultranza y en todos los campos posibles, la pretendida primacía de la ciencia como único saber válido, etc.– tienen que detenerse en algún punto.

Y no es que el virus sea ese punto. Como dice Han: contrario a lo que piensa Slavoj Zizek, “el virus no vencerá al capitalismo”. Pero sí, en todo caso, esta crisis inicialmente sanitaria está dejando ver todos esos ámbitos en donde es necesario reconsiderar nuestras formas de ser y estar en el mundo.

A este respecto, Han termina su texto de este modo:

Somos nosotros, personas dotadas de razón, quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta.

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