Réquiem por el rosa milénico: el rosa fucsia es el color político de nuestra generación

La política y el color, en contexto: La batalla del 2020 por la igualdad, encabezada por la juventud, se está tiñendo de un rosa chillón que capta todas las miradas para materializar las transformaciones globales. Te contamos por qué este color que está en todas partes en redes sociales es mucho más que una simple tendencia.

El 30 de mayo, el diseñador británico A Sai Ta anunció que iba a sacar a la venta el singular vestido Hot Wok Riri —un modelo fucsia ‘tie-dye’ que se hizo especialmente para la estrella de Barbados—, cuyos beneficios se repartirán equitativamente entre asociaciones como Black Lives Matter, Solace Women’s Aid o The Voice of Domestic Workers. Es el vestido que llevaba Rihanna estando de vacaciones el pasado octubre y con el que arrasó en internet; el regreso de la prenda, más allá de demostrar que fue todo un acierto estilístico, nos confirma lo que ya sabíamos: que este vestido pasará a los anales de la historia de la moda.

Junto con Aurora James (de Brother Vellies) y Kerby Jean-Raymond (de Pyer Moss), Ta forma parte de una nueva generación de talento que trabaja sin descanso para que el sector de la moda sea más amable. El vestido Hot Wok Riri se confecciona a demanda —así no se desperdician recursos— y tiene un precio flexible; de ese modo, las clientas pueden hacer un donativo más cuantioso —partiendo de unos 330 €—. En definitiva, lo más importante es que si compras este vestido, además de tú misma, muchas personas se beneficiarán de tu adquisición.

La política y el color

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Neema Kayitesi con vestido fucsia de Sinéad O’Dwyer para la gala benéfica de Miss Jason.

Que sea de un fucsia tan llamativo y ante el que no puedes apartar la mirada, también es muy importante. La “ropa-llamamiento-a-la-acción” de Ta es parte de un nuevo movimiento en redes sociales que convierte los “grandes éxitos” en “grandes esperanzas” gracias a un consumo guiado por la conciencia política, que —gracias al boca a boca— los está convirtiendo en el uniforme de la generación Y.1. En la era de la “censura” disimulada en redes y de la abrumadora vorágine de noticias, nada capta —y mantiene— la atención como un rosa bien subido (algo sobre lo que Fancy Thrift, que vende sus diseños customizados a partir de tejido reciclado en la plataforma Depop, sabe un par de cosas).

Este mes pasado, el “rosa chillón” ha demostrado ser una herramienta vital para llamar la atención sobre asuntos ante los que ya no podemos hacer la vista gorda, pensemos, por ejemplo, en el cuerpo de letra en color magenta de los títulos de los documentos con recursos antirracistas que circulan por redes o en el diseño de Sinéad O’Dwyer que llevó la modelo Neema Kayitesi en un evento de promoción para la gala benéfica de Depop para apoyar colectivos racializados y LGBTIQ+, cuyo anfitrión fue Miss Jason. 

Este color tan potente es el antídoto frente al rosa milénico, un tono más discreto (como el rosa cuarzo en la escala Pantone), que se convirtió en toda una sensación allá por 2016, cuando las empresas y el mundo influencer se subieron al carro de capitalizar la apetitosa imaginería de las redes sociales. Mientras que el éxito del rosa milénico estaba fundamentalmente relacionado con el dinero y el prestigio que se podía extraer de la gente joven (si buscas en Google, te aparecerán artículos titulados, todo en mayúscula, “CÓMO TE PUEDE AYUDAR A VENDER EL ROSA ‘MILLENNIAL’”, subtítulo: “El color que mueve el motor del consumo de la generación milénica”), el rosa político es el color de un movimiento abanderado por la juventud que dice, alto y claro, que se acabó lo que se daba. 

La política y el color
Cortesía de Netflix

A día de hoy, la petición para homenajear a la activista negra Marsha P. Johnson con una estatua donde hoy está la de Cristóbal Colón (en Nueva Jersey) supera ya las 90.000 firmas gracias a una campaña que se ha hecho viral. Johnson dedicó su vida a la comunidad LGBTQ+ y estuvo siempre al lado de aquellas personas a las que la sociedad pretendía machacar; además, tuvo un papel fundamental en los disturbios de Stonewall (1969). Su trágica muerte —se consideró un suicidio, pero se sospecha que fue un homicidio— consiguió mucha notoriedad gracias al documental de Netflix La muerte y la vida de Marsha P. Johnson (2017). Seguro que has visto mil veces en redes sociales una de la imágenes de este documental, en la que aparece la activista con un vestido rosa chillón y una corona de flores. En 2020, ese fogonazo de rosa irreprimiblemente alegre no solo nos sirve como recordatorio de lo importante que es la visibilidad, sino que también es un poderoso llamamiento para unirnos contra la opresión y hacer donativos que son fundamentales para fundaciones como The Marsha P Johnson Institute, Black Visions Collective y The Okra Project, que mantienen vivo su legado y su lucha.

Johnson nunca se quedó callada. Cambió la vida de muchas personas y peleó contra la injusticia. Casi 30 años después, la moda sigue el mismo camino. “Mi mera existencia en la industria de la moda es para protestar contra la injusticia y la desigualdad y dar voz a lo que no está bien y, a sabiendas, se perdona”, dijo Ta en una entrevista. “No quiero limitarme a hablar de lo que quiero hacer, mis palabras van respaldadas por la acción”.

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